lunes, 18 de abril de 2011

Kali Yuga

Libro 1: El fin de la diplomacia













Autor: Borja Perdiguero Sánchez










Capitulo 1





Eran aproximadamente las cuatro de la mañana del día cinco de Marzo de 2111 y se encontraba sentado frente a los inmensos ventanales de su oficina, en el último piso del edificio más alto del mundo, en el mismo centro del universo que él había creado, La Compañía. y su pieza clave para la estabilidad mundial, El sistema internacional para la resolución de conflictos, reconvertida en el negocio más prospero de los últimos mil años.

El sistema era perfecto, todos los problemas entre países, se solucionaban de una manera ventajosa para ambas partes, un combate entre dos ejércitos en un inmenso campo de batalla, retransmitido por todas las televisiones estatales y privadas capaces de pagar los enormes cánones exigidos, también se obtenían cuantiosos beneficios con las entradas vendidas al público, con acceso a los mayores estadios jamás construidos, con la venta de productos relacionados con los distintos ejércitos: camisetas, figuras, banderas, bandas sonoras originales, soportes nutricionales, de todo.


Hieronimus Caesar Talabert se había convertido en la figura dominante e indiscutible de todo ese imperio. Tenía comiendo de su mano a todos los dignatarios mundiales. Él dirigía, manejaba y estipulaba las contiendas en todas las principales capitales.

La aceptación al sistema era unánime. Se le unían fervor patriótico, morbo, espectáculo al más alto nivel y, como no, gran orgullo y ventajas económicas para el vencedor.

El método era sencillo, un conflicto a resolver entre dos países, la asignación de una serie de puntos que se invertían en unidades de combate que fuese equitativa para ambos países combatientes y una meta: ganar para tener la razón por un periodo no superior a diez años en la disputa, lo que en muchas ocasiones significaba la ocupación de regiones ricas en recursos que eran también considerados como parte de la “apuesta” y que denominaban R.R.R. Podía tratarse desde manantiales y campos fértiles, hasta pozos de petróleo o granjas de recolección de energía solar. En cualquier caso, eran el objeto de deseo de las naciones más cercanas que luchaban por hacerse con el control de un terreno que reclamaban como propio.

Los beneficios netos por el combate se repartían de manera ventajosa para todas las partes implicadas, haciendo que mereciese la pena combatir incluso siendo derrotado, lo que había derivado con el tiempo en un sistema de ligas entre países que luchaban en muchos casos sin tener ningún conflicto real entre ellos.

Para dar mayor espectáculo solo podían emplearse armas de hasta el siglo XV, aunque estaban permitidas mejoras en los materiales y en los diseños, lo que confería a los guerreros y especialmente a los héroes un aspecto fantástico.

Las batallas resultaban pues espectaculares, auténticos actos de guerra medievales que eran seguidas por las masas con un extraordinario sentimiento patrio en las que el desenlace del combate dependía de la suerte, valentía, preparación y fuerza de los hombres.

Estaba permitido todo: química, biotecnología, estimulantes, artes marciales, sistemas de esgrima avanzados, cirugía especifica, lo que hiciese falta para llevar a auténticos superhombres a la lucha.

Ni que decir tiene que el sistema había acabado con los tradicionales eventos deportivos que se quedaron completamente obsoletos desde un punto de vista comercial. La mayoría de los atletas de élite se retiraron o se convirtieron en guerreros, un nuevo estatus social de personas excepcionales, ricas, con increíbles ventajas fiscales y con una vida intensísima pero, que en muchas ocasiones, era extremadamente corta. Aquellos que llegaban al fin de su contrato podían retirarse como viejas glorias o reciclarse como entrenadores, preparadores y estrategas de los ejércitos, “generales” los llamaban.

En Europa , el sistema interno de la unión de estados europeos consistía en doce combates cada cuatro años entre los países que dispusiesen ejército, en los que se jugaban a modo de liga la mayor cantidad de dinero en los presupuestos generales y explotación exclusiva de diversos recursos, como ríos o minas.

Cada uno de los ejércitos de las diferentes regiones constaba de entre quinientos y ochocientos hombres, dependiendo de los puntos acordados por los presidentes estatales y de como deseasen gastarlos. Los héroes o guerreros de gran experiencia y maestría valían cien veces más que un soldado convencional. Los ejércitos se dividían en Estandartes: infantería, arqueros, caballería, piqueros y doble sueldos, y cada uno de los estandartes podía estar formado por una o dos compañías que tenían como mandos a un Héroe o en su defecto un Capitán en el caso de que no se dispusiese de ningún soldado con la suficiente experiencia para ser considerado con el rango máximo, dos sargentos y soldados rasos. Por último se encontraba la carne de cañón, que valía diez veces menos que los soldados. Dentro de esta categoría formada por novatos que no hubiesen pasado las pruebas mínimas de selección y delincuentes se producían la mayor cantidad de bajas en combate, ya que su misión consistía en ir “a saco” contra el enemigo, armados apenas con una espada de baja calidad o una maza, una rodela y un casco

Había países que podían contar con una gran cantidad de “voluntarios” para ser carne de cañón, aunque ya que la mayoría de la gente que se enrolaba lo hacía después de pasar algunos años en los gimnasios especiales de La Compañía, tras los cuales podían realizar las pruebas de acceso y entrar a formar parte del ejército con ciertas garantías.

Por otro lado apenas había delincuentes, ya que estos eran enviados directamente como carne de cañón en la siguiente batalla y si sobrevivían a cinco combates eran reinsertados a la sociedad y convertidos en soldados, aunque la mayoría no lo conseguía.

Si… él era como Dios en su propio mundo. Todo giraba en torno a él, el hombre más poderoso del planeta decidía sobre el futuro de hombres y naciones a su antojo, y se había hecho extremadamente rico gracias a eso.

Sin embargo intuía que algo estaba cambiando, intuía algo que le tenia intranquilo y no le permitía dormir bien en los últimos días. Siempre había tenido la sombra de la traición planeando sobre él como un buitre incansable, pero siempre había sabido salir adelante eludiendo todo tipo de obstáculos, incluso la muerte en más de tres ocasiones, las del mal agüero. Él era un ser excepcional.

De repente un pensamiento cruzo su mente “cuídate de los idus de Marzo”.

Sonrió para si, no podía dejar ahora de pensar en la coincidencia con el gran general romano, ambos dueños del mundo conocido y ambos con un nombre en común “Cesar”.

Cuídate de los idus de Marzo”, pensó...














Capitulo 2






Acababa de empezar el día como cada mañana de los últimos seis años en el centro de alto rendimiento para el combate de la sección norte, desde aquel primer día en el que se “enroló” voluntariamente en el cuerpo de “carne de cañón” del ejército de la República Comunera de las dos Castillas, convertida ahora en un país independiente dentro de la unión de estados europeos.

Su labor como alto oficial consistía en dirigir a su compañía al combate en las populares contiendas de la guerra para la resolución de los conflictos, y se había hecho un hueco dentro de los aclamados “héroes” incluso dentro de la propia liga europea, en la que era temido y respetado por su hábil manejo de la espada bastarda.

En esos últimos seis años habría acabado con la vida de más de mil hombres , y eso que no había participado nunca en una de las temidas “batallas diplomáticas” ni en ningún campeonato mundial, sustitutas de las antiguas guerras entre países y en las que por ley, no podían quedar supervivientes del bando vencido. Los distintos estados ahora solucionaban sus problemas con una contienda por todo lo alto, sin escatimar ni puntos ni efectivos, y mucho menos dinero.

Roderic se acerco al comedor de oficiales, allí se agolpaban varios compañeros desayunando lo que venia a ser el “rancho” habitual: avena cocida, batidos de proteínas, aminoácidos, capsulas de vitaminas y toda una retahíla de suplementos nutricionales.

-¡Eh, Roderic!- Le grito uno de los capitanes. Roderic se dio la vuelta para contestar al enorme individuo de rasgos árabes que le había llamado. Gabriel era un guerrero de gran envergadura, casi dos metros de altura y unos 110 kilos de peso, duro como una roca, piel morena y un experto manejando dos cimitarras de gran tamaño que solía blandir con orgullo, diciendo siempre que eran las armas que habían empuñado sus antepasados.

-¡Que pasa Gabo! Respondió Roderic.

-Llegas tarde capullo, casi hemos terminado, y hoy tenemos análisis antes del entrenamiento, te perderás todo el jodido calentamiento, entrenaras todo “empanao” y alguien te meterá su arma por el culo, y teniendo en cuenta tus ultimas “actuaciones” empiezo a pensar que eso te gusta, y no me importaría una mierda si no fuese por que en el próximo combate tu y esos inútiles tuyos tendréis que servirnos de apoyo a mi y a mis hombres detrás de la carne de cañón, así que espabila.


Roderic sonrió. Se preguntaba como podría ese enorme bicho haberse convertido en su mejor amigo durante los últimos años.

-no te preocupes tanto por mi- dijo tras beber un largo sorbo de su batido de suero- preocúpate más de no volver a lesionarte tontamente la rodilla como hace dos semanas, ¡que estas hecho de mantequilla, morito!.

El comentario provoco una carcajada general entre el resto de los capitanes, el único que no se rió fue el propio Gabriel. Hacia dos semanas tuvo una lesión más o menos grave mientras entrenaban artes marciales. Uno de los reclutas más jóvenes le lanzo una patada a la rodilla mientras él le enseñaba, con tal mala suerte de encontrarse en ese momento con el peso mal distribuido, no podía creérselo, toda la vida aprendiendo y enseñando que el peso del cuerpo en combate sin armas debía llevarse a la pierna trasera y el había cometido ese error de principiante mientras recibía el golpe que podría haberle apartado de la batalla el resto de sus días. Al final no fue tan grave, una intervención y listo, y aunque aun cojeaba un poco, los anti inflamatorios y los esteroides le permitían combatir sin problemas.

-¡Eh!, ¡no ha sido nada, te lo demostrare en el próximo combate, capullo narcisista, a ver a quien le dan otra medalla al mérito y valor!

La medalla al mérito y valor se la otorgaban al guerrero que más bajas hubiese infligido al enemigo, y que demostrase más valor en el combate. Ello además reportaba una semana de permiso fuera del cuartel del centro de alto rendimiento, ya que los guerreros solo disponían de quince días anuales para salir, más un día a la semana... Gabriel ya tenía diez y Roderic solo cinco, conseguidas todas en los últimos años.


Después del desayuno todos los hombres se dirigieron a su análisis semanal, donde les indicaban la medicación y dieta que deberían seguir durante esa semana.

-¿Sigues tomando Serumina, Roderic?-le pregunto uno de los médicos.

La Serumina era un complejo anabolizante sintético “La inyección de Dios”, como se la bautizo por primera vez, daba gran fuerza, volumen y resistencia a quien la tomaba sin la mayoría de los efectos secundarios que solían tener este tipo de fármacos.

-Si, llevo tres semanas-Respondió.

-deberías dejarlo por ahora, tus niveles son muy altos y has cogido demasiado volumen esta vez.

-Mis armas son de acero.

-No te preocupes por la fuerza, no te faltara, sin embargo demasiado volumen te volverá torpe, y sabes lo que eso significa…

Roderic asintió, sabia que su arma de combate, una espada bastarda de acero templada por el famoso y muy reconocido a nivel mundial Maestro toledano Domingo de Orozco, era más pesada que las de muchos de sus compañeros que preferían materiales como el titanio, más ligeros y resistentes o fibras. Sin embargo su espada le daba una sensación cuando la esgrimía que no le daba el resto, era como si tuviese alma propia, solo el acero templado le daba esa sensación de fuerza.

-Ja, ja, ja, un par de pinchazos y listo, ya no me duele, ¿que te dije, chaval?-

Gabriel acababa de salir de la consulta de al lado, parecía contento, como siempre que les drogaban para evitar el dolor.

-¿vienes a entrenar?, creo que hoy vamos a probar una cota de escamas de aluminio reforzado que nos han diseñado- comentó Roderic

-Me quedo con mi cota de mallas de titanio, lo más versátil y cómodo. Además, ¡con esa mierda parecemos pescados!, Je, je, ¡no vaya a ser que nos pesquen!

Gabriel tenia un concepto del humor muy pobre, aun así Roderic se sonrió, nunca estaba de más echarse unas risas.


El entrenamiento transcurrió sin más complicaciones, tres horas de artes marciales, una de combate y una de pesas, con comidas ligeras con gran aporte de proteínas y carbohidratos complejos entre medias, un par de horas de sueño inducido y un par de horas de ocio.

Durante esas dos horas los soldados podían divertirse sin salir del centro, tenían un cuarto de juegos, biblioteca, una capilla y por supuesto acceso a mujeres que eran llevadas a diario para los hombres.

En ese tiempo Gabriel siempre se dirigía a la capilla a rezar. A pesar de sus orígenes era profundamente católico, un rosario siempre le acompañaba alrededor de su cuello y tenia un enorme tatuaje el la espalda con una cruz latina y las letras a cada lado, aunque casi nunca hablaba de sus creencias.

Roderic pasaba el rato como le apetecía, un día un buen polvo con alguna de las meretrices, otro día jugando a algún juego en la maquina de simulación, aunque casi todos los días leía un rato. La biblioteca era pequeña y casi siempre estaba abarrotada, ya que era fundamental para los soldados cultivar tanto mente como cuerpo, era bueno conocer los idiomas de los enemigos, filosofía, psicología y técnicas militares.

También el entrenamiento de control mental era importante para los guerreros. Perfeccionar la mente para llevar el cuerpo por encima de sus límites, tolerancia extrema al dolor y las heridas y muy importante, vencer el miedo en cada combate, sobre todo cuando las cosas pintaban mal. Esta práctica era diaria durante al menos dos horas antes de acostarse.

La hora de dormir nunca suponía un problema para los combatientes, se utilizaba un sistema avanzado de sueño inducido por sonidos de baja frecuencia, sin fármacos, lo que les reportaba un descanso perfecto durante al menos nueve horas seguidas.

Y así pasaban los días entre combate y combate, sin dar apenas tiempo al llanto por los compañeros que casi siempre e inevitablemente morían o eran inutilizados en la batalla.





























Capitulo 3





Gundari se encontraba sentado en el centro de la enorme estancia dispuesta para su meditación en el palacio imperial de Tokio.

Él era nada menos que el héroe máximo del ejército más poderoso de la tierra, y protector del Mikado, guarda de la emperatriz del imperio del sol naciente.

Tras haber ganado hace años el combate entre los combates, una final global que raramente acaecía, los combatientes nipones habían tomado por derecho propio el calificativo de leyenda, y en el centro de esa leyenda se encontraba el guerrero perfecto, Gundari.

Su nombre resonaba por todos los rincones del planeta impregnado de una mezcla de miedo, profundo respeto, misticismo y fascinación. En su país era venerado como un dios, e incluso aquellos que le eran cercanos lo trataban con un respeto solo igualado por la figura imperial.

Instruido desde pequeño en el camino de guerrero y practicante desde muy joven de los métodos y enseñanzas de la escuela Shingon, Gundari se había ido transformando en un “samurai” invencible, al servicio de su patria.

Los millones que le habían visto luchar podían afirmar sin temor a equivocarse que habían visto en acción a una deidad guerrera. ¿Como explicar sino sus combates en solitario, dejando atrás al resto de su ejército, en los que masacraba a cientos de sus oponentes sin apenas esfuerzo?, ¿como comprender las flechas hundidas hasta la pluma en su cuerpo sin que pareciese importarle, y como las arrancaba de un tirón sin dejar apenas herida y ni una gota de sangre?, ¿y que decir de las increíbles demostraciones de fuerza y agilidad de las que hacía gala, con saltos y giros imposibles?

Todo esto unido a un poderosísimo magnetismo lo habían convertido en el centro de su propia religión, que contaba entre sus devotos acólitos a sus propios compañeros, que pasaban horas meditando junto a él, con la esperanza de ser imbuidos con parte de ese inmenso poder que Gundari irradiaba. Este, por su parte, apenas comía o entrenaba y pasaba gran parte del tiempo en una profunda absorción meditativa, o recitando mantras de forma inacabable, con una mala que nunca abandonaba su mano y frente a él una descomunal estatua de oro de Mahavariochana, flanqueada por dos figuras más pequeñas de las deidades Kannon y Monju Bosatsu.

En la calle la situación era parecida. Gundari era admirado por todos los ciudadanos incluso fuera de Japón, las camisetas y merchandising con su cara o su símbolo eran con mucha diferencia las más vendidas del planeta, incluso tenia su propia línea de productos dietéticos y de deporte. Había aparecido incluso un grupo de rock cuyas letras narraban las gestas del héroe.

Nadie podía ser indiferente ante un fenómeno de masas que causaba tanta admiración incluso entre sus enemigos, y él lo sabía.


-maestro.... siento interrumpiros.

Gundari miro a su derecha y arrodillado junto a él, con la mirada clavada en el suelo se hallaba su fiel Osamu.

-¿que ocurre?-respondió con voz baja y calma.

-tenéis visita.

Gundari se extrañó, no esperaba a nadie, y nadie solía molestarle y menos aún durante la sesión de meditación que diariamente compartía con sus hombres.

-¿quién desea hablarnos?-contesto con curiosidad mientras fruncía el ceño, como si desaprobase la enorme osadía de interrumpirle.

-Me ha pedido que os diga que es Lama Dagsay....

Automáticamente la expresión de la cara de Gundari cambió, y una mezcla de asombro y nerviosismo se apoderaró de él.

-Le recibiré inmediatamente-dijo poniéndose en pié con celeridad mientras se ajustaba su kimono.

La multitud congregada tras él comenzó a murmurar, nunca antes el maestro había interrumpido una meditación de esa manera y mucho menos con una expresión en la cara como la que tenía ahora.

Gundari se dirigió a la sala de recepciones en el ala del palacio que tenía asignada y esperó de pié e inquieto la llegada de su inesperada visita. Al cabo de un par de minutos apareció el criado Osamu y tras él una figura de porte majestuoso. Un hombre vestido con la túnica azafrán típica de los lamas, de mirada limpia y profunda. Sus ojos negros hacían intuir una edad mucho mayor de la que aparentaba, no más de cincuenta años, delgado, pero de brazos fuertes, y una sonrisa perenne en la cara.

Frente a él, Gundari bajo la mirada, y juntando las palmas de sus manos con los dedos hacia arriba, las llevo primero sobre la cabeza, luego frente a la cara, y finalmente frente al pecho, acto seguido se arrodilló y tocó el suelo con la frente.

-Rinpoché- dijo levantándose rápidamente.

-Parece que el joven aguilucho se ha transformado en una poderosa águila, mi buen amigo- dijo el lama mientras se acercaba y le cogía de las manos.

Gundari sonrió. Conocía al honorable Lama Dagsay Tulku Rinpoché desde hacía muchos años, y a pesar de que hacía más de quince que no le veía, se encontraba tal y como lo recordaba, no había cambiado nada.

-tú en cambio si has cambiado mucho... y por lo que veo la vida te trata muy bien.

Ese comentario hizo que Gundari se estremeciese. La habilidad de los altos monjes budistas para realizar cosas como leer la mente siempre le incomodó.

-perdona mi falta de consideración mi buen amigo, es la costumbre... a partir de ahora solo sabré aquello que desees contarme.

Rinpoché era un importantísimo lama, un renacido desde los tiempos de Lama Tsongkapa, el reformador y amigo personal y tutor de Su Santidad el decimosexto Dalai Lama Kyabje Gyatso. También era amigo cercano de la mayoría de los maestros budistas más importantes del planeta y durante un tiempo, cuando le conoció, era discípulo de su maestro, Toshimichi Tanaka, que le instruyó en los caminos de la escuela Shingon.

Lama siempre se caracterizó por su gran pragmatismo y afirmaba que para poder ayudar a la mayor cantidad de seres sintientes en su carrera hacia el fin del sufrimiento, había que conocer bien todos los caminos… ¡y vaya si lo hizo!

Recorrió el mundo estudiando las enseñanzas de todas las escuelas budistas y también era un experto en religiones varias, tales como el Islam y su variante del sufismo, judaísmo con su cábala, gnosticismo cristiano, animismo de varios continentes. “No puedes determinar si algo no es bueno si no lo conoces” le oyó decir en una ocasión.

-¡Perdonadme vos, Rinpoché!- exclamó Gundari agachando la cabeza- Venís de un largo viaje y no os he ofrecido ni una pobre taza de té, ¡Osamu!, ¡té para nuestro invitado!

Gundari y el Lama se sentaron sobre dos zafús alrededor de una pequeña mesa de té. Al poco tiempo llegó el fiel Osamu con una tetera y dos tazas que fueron servidas con rapidez.

-¿cual es el objeto de vuestra visita, Rinpoché?

-he de ir a Europa, Su Santidad me ha encargado que prepare y dirija un nuevo monasterio, cerca de los Pirineos, en un país donde desde hace años el budismo ha ido expandiéndose y ahora les hace falta un guía cualificado, así que Su Santidad ha pensado en mi para esa honrosa tarea.... y antes de partir había pensado en visitar a viejos amigos.

¡Europa!” pensó Gundari... él siempre había aborrecido occidente, gente bárbara, sin autocontrol de ninguna clase y sin un mínimo de refinamiento. Precisamente occidente casi acaba con el planeta por esa avaricia desmedida de sus habitantes. Recordó las clases de historia, cuando el antiguo imperio norteamericano hundió a mediados del siglo XXI el sistema económico imperante en el mundo: el Capitalismo, arrastrando tras de si al resto de los países del globo. Todo eso cambió el mapa político y económico mundial.

-Europa...- susurro Gundari- No os encontrareis a gusto entre esos bárbaros, Rinpoché.

-Parece que olvidas, amigo mío, que alguien como yo precisamente puede estar a gusto en todas partes- dijo el lama con una amplia sonrisa.

-y.. ¿a que convulso país de Europa habéis dicho que os dirigís, Rinpoché?

-Probablemente no hayas oído hablar de él, es un pequeño y viejo país situado al sur de tierras francesas, Amalur, creo que se dice en el idioma autóctono. No tienen ejército y nunca han participado en combates de La Compañía, sobreviven gracias a la protección de la Confederación de Naciones Celtas con quien tienen un tratado de comercio y de explotación. Creo que consiguieron su secesión durante los años oscuros a mediados del siglo pasado, y desde entonces es un pueblo que aborrece la violencia y muchos son los budistas que allí viven. En cierto modo me recuerdan a los tibetanos- dijo riendo- Tercos, con un pronto muy fuerte y supersticiosos, pero de gran corazón, gente dura y trabajadora.

Gundari seguía sin dar crédito, uno de los maestros espirituales más importantes de oriente iba a encargarse de una panda de primates a medio evolucionar.

De súbito Gundari tuvo una corazonada, su intuición le decía que el lama no estaba allí solo por cortesía, había algo más…

-Hay algo más ¿verdad?- dijo en voz baja.

-veo que tu percepción ha mejorado amigo, efectivamente hay algo más... te traigo un regalo personal de Su Santidad.

El guerrero empezó a recordar al anterior Dalai Lama, las circunstancias de su muerte y posterior renacimiento precisamente en Japón, lejos de la influencia china, cuyo gobierno había prohibido desde hacía más de un siglo el reconocimiento de otro Dalai Lama.

Después apareció en su mente una imagen mental de como sería actualmente Su Santidad. ¿Que tendría?, ¿dieciséis años?, ¿Que clase de regalo podría mandarle un chico de dieciséis años que justificase un mensajero tan importante?

Lama le entregó un paquete envuelto en seda roja con motivos dorados. Al abrirlo descubrió una lámina de madera con una inscripción en tibetano tallada en ella:



-Es el mantra de Chenresig- le aclaró el Lama.

Gundari lo sabía, había visto esa inscripción miles de veces, el mantra de Aria Avalokiteshvara, el Bodhisattva de la compasión “OM MANI PADME HUM”. Él nunca lo recitaba, no necesitaba de la compasión para conseguir lo que deseaba y nunca quiso ser un Buda, sino llegar a ser un guerrero perfecto digno de su país y su emperatriz... y lo demostraría siempre que hiciese falta.


El combatiente no se dio cuenta, pero la visión de esa tablilla desató algo en su interior, los engranajes largo tiempo parados, comenzaron a girar....