Capítulo 4
Vulgo se detuvo en seco frente al tablón de anuncios.
“PRUEBAS DE SELECCIÓN PARA LOS ESTANDARTES DE INFANTERÍA Y ARCO LARGO”
Llevaba cuatro años esperando la oportunidad de entrar como soldado de infantería.
-detrás de la línea de carne de cañón- pensó en voz alta.
Esto le daría cierta seguridad en combate, especialmente en las primeras fases, pero para eso tendría que superar las dichosas pruebas, una especie de examen de ingreso consistente en un test físico, lucha con armas y un par de exámenes psicológicos.
Eso era todo lo que le separaba de entrar en la sección norte del ejército, la más poderosa de las regiones militares de la república y de donde salían la mayoría de combatientes del ejército estatal.
Con un nuevo ánimo, Vulgo empujo la puerta del gimnasio del centro de formación. Tenía las fuerzas renovadas.
-¡¿has visto el anuncio?!, ¡esta es la nuestra!
Vulgo se giró y vio a su compañero de entrenamiento Miguel, un joven pelirrojo con una camiseta estampada con la fotografía de Roderic Garcés, uno de los mejores y más populares combatientes del ejército de la república comunera, y con una expresión de felicidad parecida a la que él mismo tenía.
-¿que pasa, tío?, si la he visto, a ver si tenemos suerte…
Miguel era tres años más joven que Vulgo, también procedía de una familia humilde y tenía las mismas ganas de convertirse en soldado de infantería, como muchos otros jóvenes de su edad.
-¡fiuu! ¡Justo convocan una prueba para entrar dos meses después de cumplir la edad mínima para acceder!
Efectivamente Miguel era muy joven, apenas tenía 18 años, pero su juventud no hacía sino aumentar su determinación.
-Imagínate, quizás en dos años seamos mandos intermedios, ¡Los putos amos!-dijo soltando después un sonoro ¡JA!
Vulgo no pudo sino sonreír ante el alarde de optimismo y la disposición de su compañero, pero él era más realista. Sabía que aún consiguiendo entrar, antes de un año habría una competición a nivel europeo, ya que estas solían celebrarse regularmente cada cuatro años y que solo con altas dosis de esfuerzo y un poco de suerte seguirían vivos después del primer combate.
Como adivinando los pensamientos de su compañero, Miguel comentó:
-Vamos, ya sabes que los europeos no son tan duros, ¡apenas hubo bajas en las últimas!
Efectivamente la “ronda europea” no implicaba la destrucción total del ejército enemigo, la capitulación estaba contemplada y en ocasiones incluso antes de comenzar el combate, sin que ello repercutiese en modo alguno en el honor del país rendido, que normalmente solo perdía los recursos que estuviesen en juego y un puñado de unidades sin valor.
Generalmente el número de puntos estaba estipulado de antemano para toda la competición, y solo se permitía la participación de “Héroes” en caso de que ambos contendientes firmasen antes esa condición. En alguna ocasión toda la contienda se había solucionado directamente en un combate singular a muerte, lo que provocaba muchísima expectación, pero la perdida inestimable de un “Héroe” por parte del perdedor.
-¡Venga, vamos a entrenar!, ¡No podemos perder el tiempo!
En el Tatami, esperando con aire impaciente estaba el Maestro Gutiérrez, un hombre menudo, cercano a la cuarentena y con unos antebrazos que parecían las raíces de un roble, duras y nudosas. Se encontraba de pié con un enorme mandoble de rattan en la mano derecha. Era de los pocos maestros en el territorio de la república cualificado para impartir clases de preparación. Usaba el método Latosa de combate, el más efectivo y avanzado que existía para la lucha con armas blancas.
Miró fijamente a los alumnos “demasiado jóvenes” pensó, aunque sabía que muchos de ellos ni siquiera se presentarían a las pruebas. La mayoría se apuntaban a los centros para recibir instrucción física e intelectual, lo cual podría abrirles puertas en su futuro laboral y más teniendo en cuenta los elevados costes de las universidades.
Vulgo y Miguel se pusieron al final de la clase, junto con los compañeros de mayor nivel.
-hoy vamos a practicar con el mandoble... y ya sé que la mayoría de vosotros aspira a entrar como infantería, pero nunca se sabe, aunque apenas usamos unidades de caballería en nuestro ejército, deben ir siempre apoyadas por Lansquenetes o doblesueldos, así que no está de más que tengáis nociones de como detener una carga de picas.
Vulgo prefería la espada de combate, más pequeña y versátil, se manejaba con una sola mano y permitía el uso de un arma corta o un escudo en la otra mano.
-¡No, así no!- aleccionaba el maestro- La mano derecha en la empuñadura, justo bajo los gavilanes, y recordad que las espadas grandes se dirigen con la izquierda, que ha de sujetar el pomo como si fuese una palanca.
Así comenzaron a practicar los golpes, defensas básicas y como y cuando salir al ataque de las unidades de piqueros, especializados en desmontar a la caballería.
La clase duró unas dos horas, al termino de la cual, la mayoría de los alumnos se dirigió al gimnasio para terminar con un entrenamiento con pesas.
Vulgo y Miguel estaban exhaustos.
-¿un trago rápido y algo de pesas para rematar?- preguntó Miguel mientras se secaba el sudor de la frente con la camiseta.
-yo me voy ya, tengo que practicar con los test, recuerda que son igual de importantes que las pruebas físicas y de combate.
Aunque vulgo era inteligente y bastante espabilado, siempre tuvo problemas con los endemoniados test. Le costaba entender la mecánica de muchos de ellos, y solo pensar que podía quedarse fuera a causa de ello le empezó a poner furioso.
-¡Mierda!, ¡tengo que conseguirlo, tengo que hacerlo bien!
Mientras paseaba de vuelta a casa, las antiguas calles de su ciudad natal, le transportaban a otras épocas cuando hombres valerosos que seguramente habían pisado esos mismos adoquines, no necesitaban de test para hacerse con su espada, su caballo y lanzarse a la batalla en nombre de su Rey o su tierra.
Cuando se hallaba más sumido en sus fantasías, alguien tocó su hombro.
-Vulgo...- dijo un voz tras de si.
Este se giró y vio el rostro iluminado por una farola de Deirdre.
-¿que haces aquí a estas horas?- preguntó él.
-te estaba esperando, sabía que pasarías por aquí- respondió.
Se podría decir que Deirdre era la novia de Vulgo, aunque ambos sabían que si este era seleccionado para ingresar como combatiente lo suyo terminaría. Vulgo siempre fue muy claro al respecto y sin embargo ella siempre mantuvo la esperanza de que ese momento nunca llegara.
-¿que tal el entrenamiento hoy?
-...han convocado las pruebas de admisión.
El rostro de ella cambió de repente, y una sombra de preocupación se dibujó en su cara.
-¿para….cuando?-preguntó con voz temblorosa, aunque intentando forzar una sonrisa.
-No lo sé aún, posiblemente dentro de un par de meses... mira- dijo de repente con una voz fría como el hielo- voy a tener que estudiar mucho para poder pasar los test, así que lo mejor es que no nos veamos ,al menos hasta que pasen las pruebas.
-Bien, si es... lo que necesitas- contesto Deirdre, pensando que si todo salía como él quería, esta vez sería la última vez que se verían.
-será mejor que me vaya...- Vulgo miró al suelo y salió de allí con paso rápido. Sabía que era lo mejor para los dos. Sería un error intentar alargarlo.
Sin embargo Deirdre no pensaba igual.
Mientras volvía a casa intentaba contener el río de lágrimas, hasta que ya no pudo más y rompió a llorar.
Intentó calmarse, mañana sería otro día y el trabajo la ayudaría a no pensar en lo sucedido.
Deirdre trabajaba como administrativa en una empresa de importación de metales y minerales industriales, especialmente para la fabricación de armas en Toledo. Las armas de esta mítica región de la república tenían fama internacional, y especialmente las manufacturadas por los maestros armeros tenían el honor de encontrarse en los primeros puestos en la escala mundial de calidad. Eran autenticas obras de arte reservadas a personalidades y a los combatientes más experimentados. Podían llegar a costar autenticas fortunas solo igualadas por los precios de las otras grandes armas fabricadas en todo el planeta, las katanas, nodachis y tachis de los maestros japoneses que aún trabajaban y creaban sus armas a mano y de forma tradicional.
Así pues Deirdre tenía la vida más o menos resuelta. A sus veintiún años vivía en la casa que le dejaron sus padres como herencia, ya que estos murieron cuando ella tenía solo tres años, de hecho no tenía ningún tipo de recuerdo de ellos.
Deirdre fue criada por sus tres tías solteronas, hermanas de su madre, que eran trillizas y compartían una terrible minusvalía visual que prácticamente las hacía ciegas, por lo que tuvo que aprender a valerse por si misma muy pronto. Era muy inteligente, bastante superior a la media, pero al acabar los estudios obligatorios impuestos por la república debió ponerse a trabajar y al poco conoció a Vulgo, un año mayor que ella y con la cabeza llena de fantasías acerca de convertirse en un combatiente profesional aclamado por las multitudes.
Al principio, esta faceta de Vulgo le hacía mucha gracia, pensaba que eran delirios de grandeza de un chaval que no tenía nada mejor que hacer que estar en la calle todo el día. Deirdre solía reírse de él “pero si eres un alfeñique, no durarías de pié ni a la primera carga de infantería”, a lo que vulgo siempre contestaba lo mismo “algún día tendrás que tragarte tus palabras”.
No tenía claro que era lo que había visto en él, no era especialmente guapo, delgaducho y demasiado alto para su constitución, con una melena morena y unos ojos pequeños y marrones siempre tapados por su pelo, cara redonda y una sempiterna barba de dos días.
Sus amigas siempre la dijeron que no llegaría a nada con ese chico, que un bellezón como ella podía aspirar a algo más, sin embargo ella ya se había enamorado...
Con el tiempo, Vulgo entró en el centro de formación para acceder al ejército como combatiente de infantería y desde el principio lo dejó claro “podemos seguir viéndonos si quieres, pero el día que me seleccionen dejaremos de vernos para siempre”.
A los combatientes no se les permitía tener familia, no hasta que se retirasen. “No pueden tener distracciones” solía explicarle Vulgo.
A partir del día en que comenzó su preparación, la actitud de Vulgo hacia ella cambió radicalmente, más frío y distante, en muchas ocasiones la evitaba y solo se veían ocasionalmente para hacer el amor.
Pero a pesar de todo, Deirdre siguió amándolo con la secreta esperanza de que el fatídico momento de su separación nunca llegaría y que él se cansaría de esperar que le admitiesen y desistiría, aunque en el fondo intuía que eso no sería así.
Capítulo 5
¿Señor Talabert?, los miembros del consejo ya están aquí....- la voz nasal y aguda de su secretaria sacó de golpe a Hieronimus Talabert de sus ensoñaciones.
-diles que voy ahora mismo, gracias Indira.
Habían llegado con puntualidad escrupulosa, las ocho de la mañana, como siempre. Y como siempre tendría que lidiar con ese grupo de hienas que pretendían arrebatarle su lugar, eso si, “con todos los honores”.
A sus sesenta y cinco años, el Señor Talabert no tenía ninguna intención de dejar su sillón a alguna marioneta de consejo de dirección de La Compañía, marioneta que sin duda estaría manipulada por los países competidores más importantes y poderosos y por ende más ricos, lo que rompería el fino hilo que sostenía en ese momento la diplomacia global. Sabía que solo él sería capaz de continuar con el trabajo como hasta ahora...
Durante años había estado buscando a un sustituto que pudiese recoger su testigo con el mismo espíritu con que fue fundada La Compañía años atrás. Un espíritu libre con la capacidad de dirigir el mundo de forma ecuánime, eliminando las guerras y transformando la naturaleza autodestructiva del hombre en un próspero negocio que mantuviese contentos a todos, o al menos a la mayoría. Pero nunca era suficiente, los países más fuertes le acusaban de ser un autócrata, un dictador que manejaba a su antojo el poder absoluto que le proporcionaba su posición y no dejarles tomar “parte del pastel” permitiendo a los países más desfavorecidos gestionar sus propios recursos y a no participar si no lo deseaban en las batallas de La Compañía. Y en cierto modo tenían razón. Él era el amo absoluto del mundo, en teoría tenía en su poder el único arsenal de armas atómicas que quedaban sobre la tierra y disponía del único ejército con capacidad real de invasión y no había día que no se preguntara que habría pasado si otro hubiese estado en su lugar.
Recordó de súbito su nombramiento como presidente de La Compañía, treinta años atrás...
Después de los años del caos causados por la gran crisis, el mundo se convirtió en un hervidero de guerras, golpes de estado, revueltas, hambre y pobreza desmedidas, miseria... la contaminación brutal de la tierra no ayudaba sino a empeorar las cosas y una espesa nube de desesperanza cubría los corazones de toda la humanidad.
Ante tal panorama desolador, la Organización de las Naciones Unidas se reunió por última vez y no sin esfuerzo llegaron a una decisión tan desesperada como inaudita. Cedieron todo el control de la O.N.U y lo que quedaba de los maltrechos ejércitos de los países que la componían a una empresa de gestión creada a tal efecto y con representación diplomática, que pasó a llamarse “La Compañía”.
Por aquel entonces Hieronimus Talabert trabajaba como experto en relaciones internacionales para la O.N.U, estaba muy bien considerado por todos y era conocido por su excelente retórica, por ser un experto diplomático y entender perfectamente los problemas a los que se enfrentaría la tierra desde ese momento, desde un punto de vista económico, político e incluso religioso.
Fue elegido Presidente con cargo vitalicio con mayoría absoluta por el recién creado consejo de dirección de La Compañía. Ese hombre representaba la esperanza, el sol después de la tormenta en la terrible situación actual.
Y algunos de esos mismos hombres eran los que ahora querían quitarle de en medio, había empezado a ser una figura muy incómoda, especialmente para los más poderosos que querían una mayor cuota de poder.
En su día ideó unas reglas de convivencia que deberían ser cumplidas por todos los estados en política internacional, sin entrar en la política interior que cada país decidiese llevar. En un principio éstas fueron aclamadas por todos. La imposición de un sistema de batallas cerradas para la resolución de conflictos evitaría las masacres de población civil en las contiendas, un mayor control sobre los tratados de paz y beneficios económicos para todas las partes implicadas. Un punto importante fue que no era obligada la participación en dicho sistema de batallas por parte de todos los países. Aquellos que lo deseasen podrían no tener ejército alguno.
Precisamente ese punto era el que empezaba a no gustar a los países más fuertes. La no participación implicaba que los recursos de dicho país no podían ser “apostados” en las contiendas, sino que eran autogestionados y ,en ocasiones, se cedían o “alquilaban” los derechos sobre esos recursos por un tiempo limitado y a un alto precio.
-¡Siéntese, por favor, Señor Talabert!- el joven que le separaba el asiento para facilitarle el acceso no era otro sino Alexande Campbell, su pupilo y probablemente su sucesor al cargo de La Compañía. Un día pensó que él era la mejor elección, pero no tardó en quitarse la venda de los ojos al comprender que lo único que guiaba su carrera era el ansia de poder. “He aquí nuestra marioneta”-pensó.
-Bien, que comience la sesión... ¿que puntos queréis exponerme hoy?
-Parecéis muy cansado, muchas horas de trabajo, mucha responsabilidad para un hombre con tantos años de trabajo a sus espaldas, un trabajo excelente, por supuesto.
Hieronimus Talabert comprendió que había llegado el momento “en que los miembros del senado se levantan y me apuñalan” pensó “esta eligiendo con cuidado sus palabras”.
-Creo que hablo en nombre de todo el consejo -prosiguió Alexande - si os hago llegar mi más profundo agradecimiento por la labor encomiable que habéis llevado a cabo durante estos treinta años, de como habéis ayudado a La Compañía y a todo el planeta con vuestras sabias decisiones y de cómo ese esfuerzo nunca, repito nunca, podrá ser lo suficientemente recompensado por todos nosotros. Sin duda alguna, muchos de los presentes aún recordarán esos primeros días en los que la falta de esperanza era....
-al grano, hijo....-le cortó Talabert.
Alexande, visiblemente enfadado por haber sido cortado en mitad de su discurso prosiguió:
-lo que la mayoría de los miembros del consejo y yo mismo pensamos , es que ha llegado el momento de que por fin podáis ejercer el derecho a ese merecido retiro de vuestro cargo que sin duda merecéis más que nadie....
-Et tu quoque Brute, fili mi.- dijo Talabert en voz baja.
Alexande lo miró sin comprender mientras su mentor esbozaba una leve sonrisa.
Talabert miró la figura de su protegido durante un momento, alto y joven, con su pelo negro engominado hacia atrás, traje caro, reloj de oro... todo un ejecutivo agresivo “he creado un monstruo” se dijo en pensamientos.
-Parece que olvidan mis honorables colegas- empezó a decir levantándose de la mesa- que mi cargo es vitalicio, y en tanto me queden fuerzas para seguir con mi trabajo, y a pesar de su dureza- dijo mirando a Alexande- Pienso continuar con mi labor, que como bien ha dicho nuestro joven amigo, ha sido hasta ahora encomiable y espero que así siga siendo.
Acto seguido se sentó mientras miraba a los miembros del consejo. Algunos, los menos, sonreían y la mayoría parecían disgustados ante la reacción de su presidente.
-¡Los tiempo han cambiado, y usted no ha sabido cambiar con ellos!- Le espetó el representante de la república de China.
-Vaya, señor Zhi, y eso ¿me lo dice el representante de un país que organiza levas entre su población civil, e incluso religiosa para nutrir su ejército?- le contestó Talabert levantando la voz- ¿de veras soy yo el anticuado?, ¿acaso fueron anticuadas las ayudas económicas promulgadas por La Compañía, gracias a mi, para salvar a vuestra población muerta de hambre y enferma después de los años del caos?, veo que la gran nación China olvida rápido los favores.
Chuan Zhi se sentó murmurando. Todos los presentes recordaron el último combate dentro de la competición asiática en el que participó China. El gobierno de su república había obligado a cientos de monjes Shaolin a participar como fuerza de élite durante la batalla contra el ejército de India, y cuando los soldados Kalaripayat indios cargaron, los monjes se sentaron en la postura del loto y comenzaron a meditar negándose así a luchar. Fueron masacrados, y con ellos el ejército chino, que sufrió una humillante derrota. Desde entonces captan “voluntarios” entre la población simpatizante de los monjes e incluso entre los bonzos mismos para ir de carne de cañón en la avanzadilla, armados con una simple horca.
-¿Alguien más tiene algo más que añadir?- dijo Talabert mientras se levantaba-¿Alexande?-preguntó al joven miembro del consejo que negó con la cabeza- Muy bien, pues si no se me requiere para nada más, he de seguir trabajando... si me disculpan .
Así Talabert dio media vuelta y salió hacia su despacho. Al llegar llamó a su secretaria por el comunicador.
-Indira, por favor, no me pases llamadas, estaré ocupado el resto de la mañana.
-Como diga, señor Talabert.
Se sentó en su sillón y miró por la ventana del último piso del edificio más alto del mundo, amanecía, y él, Hieronimus Caesar Talabert, de repente se sintió viejo... y cansado, muy cansado.
Capítulo 6
Hacía más de un mes que Deirdre no veía a Vulgo, se encontraba abatida e incluso había perdido el apetito. Sólo conseguía dejar de pensar en él un poco durante el tiempo que se encontraba trabajando, y más aún estos días en los que la actividad era frenética, como siempre que se acercaba la época de los combates.
Se asomó por la ventana del pequeño piso en el que vivía cerca del centro de la ciudad, desde allí contemplaba el campanario de la catedral, que recortaba el rojizo cielo del atardecer. Los días empezaban a ser más largos, pero ese detalle que antaño hubiese sido motivo de alegría para ella, ahora pasaba desapercibido, como desapercibidas pasaban las golondrinas que comenzaban a regresar tímidamente con el buen tiempo.
Sin duda tendría que hacer algo, ella era consciente de que no se podía permitir estar en esa situación durante más tiempo, así que optó por darse un baño y meditar sobre su futuro.
Encontrarse tranquila y relajada en la bañera no ayudaba, de hecho parecía empeorar su estado de ánimo. Lejos de buscar una solución, los pensamientos sobre su pasado reciente junto a su amado comenzaron a agolparse uno tras otro en su mente, no paraba de darle vueltas al mismo tema hasta que el dolor de cabeza fue insoportable.
Finalmente salió de la bañera, y tras secarse se tomó un calmante. “esto no funciona” pensó.
De repente sonó el video-teléfono. Acercándose a él vio el rostro de su anciana tía Clota en la pantalla. No tenía ganas de hablar con nadie, pero sabía que insistiría hasta que ella contestase la llamada.
-¿si?- Preguntó Deirdre con resignación.
-¿Como estás niña?, tienes voz de cansada.
-estoy bien, tía, gracias, solo un poco agotada, demasiado trabajo hoy.
-Te conozco bien cariño, es por ese Vulgo que llevas varias semanas así, ¿no?
-ya se me pasará, no te preocupes.
-Mira que te lo advertimos, ese chico no es para ti.
Deirdre calló, odiaba que sus tías la dijesen eso de “lo sabíamos”.
-pero mira- prosiguió su tía- mejor así, a ver si te centras más en tu trabajo y buscas a alguien más formal y que no te haga sufrir de esa manera, o que piensas hacer, ¿enrolarte tu también para poder verle?
Súbitamente la luz se hizo para Deirdre.
-lo siento tía, mañana os llamo, pero es que hoy estoy muy cansada.
-descansa cariño, ¿estas comiendo bien?
-Si, si, si... mañana os llamo. Besos.
Apagó el aparato y pensó “enrolarme yo también”.
Rápidamente se fue al ordenador y consultó las bases para acceder a las pruebas de infantería: exámenes físicos de combate real y varios test psicológicos. No ponían pegas por sexo, y ella tenia edad suficiente para ser admitida. Solo había un “pero”. Sabía que no pasaría las pruebas físicas: el examen de combate, tendría que mirar otras posibilidades, ¿quizás para el estandarte de arqueros?, no, mucho más difícil y menos plazas.
-¿que opciones me quedan?- se dijo en voz baja.
De repente vio un apartado en la pantalla de su ordenador, en el margen y en pequeño, como si no quisiese ser encontrado. “Acceso como carne de cañón”.
Clicó sobre el icono, y apareció en una nueva página, en ella se describía en que consistía el cuerpo de “carne de cañón”. Eran unidades básicas, muy baratas y muy poco formadas, cuya misión principal consistía en avanzar en gran número para agotar los proyectiles del enemigo, cansarlos o romper defensas muy complicadas sin que los combatientes de verdad más preparados sufriesen bajas. También eran los únicos que combatían y morían cuando la batalla estaba capitulada, es decir, con una rendición firmada de antemano. La lucha se celebraba de todas formas ya que “había que dar espectáculo y justificar las inversiones en los ejércitos”. Como bien ponía, este peculiar cuerpo “suicida” estaba formado por delincuentes y voluntarios. Los primeros podían redimir su deuda con la sociedad después de algunos combates, y los segundos podían acceder al ejército regular si sobrevivían al primer enfrentamiento.
Deirdre anotó la dirección del centro de reclutamiento central de su ciudad. No estaba segura de que hacer, su único camino parecía pasar por esa central. Conocía los riesgos, en muchos enfrentamientos la casi totalidad de unidades de carne de cañón eran aniquiladas, pero también sabía que las rondas europeas no eran demasiado duras y que a ningún ejército le gustaba arriesgarse demasiado sin necesidad. Quizás si se mantenía alejada de la primera línea, podría aguantar lo suficiente hasta que izasen el estandarte de infantería o acabase la batalla.
Pensó también que podría dar clases de defensa con armas hasta que comenzasen los primeros combates, esto aumentaría sus posibilidades. Tenía unos ahorros que podría gastar en recibir formación, quizás en un arma mejor que la que le darían en caso de combatir, una cota de malla...
Las ideas del como y cuando empezaron a tomar forma en su cabeza, hasta que el cansancio comenzó a hacer mella en su voluntad de planificarlo todo.
Se acostó pero a pesar del agotamiento físico y espiritual, no podía dormir, comenzó a dibujar su futuro como combatiente. “pero nadie debe saber nada de esto, si llegan a enterarse harán lo posible para que desista” pensó “Tienes que ser fuerte, Deirdre, debes luchar hasta el final por aquello que te importa... por aquel a quien amas”. y abrazándose a la almohada fue quedándose lentamente dormida.
Capítulo 7
Roderic se encontraba mirando fijamente a los ojos de su adversario, Nicolás, un combatiente con apenas un año de experiencia en combate, pero que no se defendía mal... aunque ambos sabían que si el combate no hubiese sido un entrenamiento, probablemente ya se hallaría muerto sobre el suelo.
Entrenaban con armas de acero sin filo, lo que en ocasiones podía acabar con algunos huesos rotos o un buen susto, pero era la única forma de que los ataques fuesen lo más reales posibles.
-¡Tienes un vicio, patán!- Le gritó Roderic a su oponente mientras le lanzaba una sonrisa burlona- ¡durante una fracción de segundo marcas tu golpe y me dices hacia donde vas a atacar, eso va a hacer que acaben contigo en la primera batalla seria que tengamos, capullo!
Nicolás lanzó un ataque al costado derecho, que fue detenido sin dificultad, seguido de un golpe directo a la cabeza. Roderic retrocedió un paso con tranquilidad y golpeó la mano de su contrincante antes de que este pudiese terminar el ataque.
El joven soldado soltó un grito de dolor a la vez que soltaba su arma, que cayó al suelo con gran estruendo.
-¿ves?, venga no llores, ve a enfermería y que te curen los dedos rotos- dijo Roderic, sin disimular el asco que le producían las muestras de debilidad de algunos de sus compañeros.
Gabriel, que se encontraba observando atentamente la pelea, comenzó a aplaudir pausadamente, mientras dijo con ironía.
-Muy bien, al señorito se le antoja inutilizar a sus propios hombres, encima uno con experiencia.
Roderic lo miro enfadado
-No me vale con esa forma de luchar, soy responsable de mis hombres, y si los sargentos no son capaces de enseñarles como Dios manda, tendré que hacerlo yo. En breve comenzará la ronda europea y este año tenemos posibilidades de quedar campeones, los equipos más fuertes de otros años que sucumbieron durante la ronda mundial, tuvieron que empezar de cero. Somos uno de los ejércitos, por tanto, con más experiencia y con más probabilidades para pasar, y al estado le hace falta tanto el dinero como recuperar las R.R.R perdidas y... por nuestro país y nuestro orgullo, ¡Así lo haremos!- afirmó con aire solemne.
-¿desde cuando te interesa la política?- preguntó Gabriel extrañado.
-No me interesa lo más mínimo, pero es lo que tengo que decir para un anuncio de la televisión estatal, para incentivar que se alisten voluntarios- respondió riendo.
Los dos compañeros comenzaron a reír a carcajadas.
Salieron de la sala de entrenamiento y se toparon en la entrada del comedor de oficiales con Dédalo Cuadrado, General principal del ejército de la república y negociador de las condiciones de los combates. Era un hombre mayor, con pelo blanco cortado al dos, de gran presencia física y estatura, aunque los años habían hecho de él la sombra de lo que fue. Estudió en una academia militar, y obtuvo el rango de comandante del ejército de la república durante los duros tiempos de la formación de esta, después de los años del caos. Ahora era la máxima eminencia en estrategia con el que contaba la república, además de un hábil diplomático.
-Vaya, pero si están aquí los dos mejores héroes de la república, y además por lo que veo, de buen humor.
-Lo de los dos mejores, ¿tiene algo que ver que seamos los únicos, general?- contesto Roderic con una sonrisa sarcástica.
-os traigo noticias que espero que sean de vuestro agrado, los combates de la ronda europea se adelantan a después del verano, y ya sabemos quienes van a ser nuestros primeros adversarios, el ejército gótico de Centro Europa.
-¿por que se adelantan?-Roderic parecía intrigado, era la primera vez que había cambios en el calendario de los combates.
-Parece que quieren hacer cambios desde la cúpula de La Compañía, creo que quieren aumentar el número de combates, incluso se ha hablado de una ronda global cada cuatro años...
-¡Ja!, más acción, esto se pone interesante- Gabriel parecía encantado con la idea.
-así que el ejército gótico, ¿eh?, había oído que tenían problemas con sus combatientes, parece que a muchos la unión de países centroeuropeos nos les hace mucha gracia y actualmente existe la amenaza de secesión y se rumorea que la fuerza de élite de los caballeros teutónicos y los soldados de los cantones católicos de la antigua Suiza han jurado su lealtad al Papa de Roma y sólo quieren luchar bajo bandera Vaticana.
-así es, Roderic, de hecho nuestro primer combate será un mero trámite, un espectáculo para las masas, solo van a sacrificar un ejército de reserva de carne de cañón, pero tendremos que hacer que merezca la pena pagar por verlo, ¿eh, chicos?
-Déjalo de nuestra cuenta, ¡sin duda va a ser divertido!-comentó Gabriel cada vez más excitado.
-recordad que la semana que viene comienzan las pruebas de selección de nuevos soldados, os quiero allí para decidir quienes son los más indicados, al fin y al cabo todos los que se presenten para luchar bajo el estandarte de infantería van a estar a vuestras órdenes.
-Allí estaremos General- A Gabriel no le hacía mucha gracia, pero siempre obedecía las órdenes de un superior.
-Bien, ahora tengo que mantener una charla con los capitanes del resto de estandartes para comentarles las novedades. Nos veremos una semana antes del combate para planificar la estrategia.
-Como ordenéis- dijeron ambos combatientes a coro.
Los dos hombres vieron como el general Cuadrado marchaba hacia el ala del centro donde entrenaban los arqueros del ejército.
-¿entramos al comedor?- preguntó Gabriel.
El comedor de oficiales se encontraba vacío. Se dirigieron hacia una de las cámaras transparentes donde había decenas de botellas de plástico apiladas en filas.
-¡Venga!, te invito a un delicioso batido de proteínas.... ¡uuuuh!, mira este, con aminoácidos ramificados y l-glutamina, y además tiene un delicioso sabor a.... ¿que coño es... Fudge?- la cara de extrañeza de Gabriel hizo sonreír a Roderic.
-Creo que es como caramelo- le contestó- déjame probar
Dio un largo trago a la botella, hasta casi dejarla vacía.
-Pues no- sentenció finalmente Roderic- es de sabor a mierda, como todas esta bebidas que nos dan aquí , a ver si el fin de semana nos escapamos a algún sitio nos comemos un plato como Dios manda, si algo tiene esta ciudad son restaurantes.
Llevaban varios años en la capital de la república, y apenas salían una vez a la semana por el centro, y su principal ocupación era la comida. Se pasaban seis días a la semana comiendo basura alterada genéticamente, batidos, aminoácidos y quien sabe que más cosas, pero una vez por semana podían ir a los probablemente mejores restaurantes de Europa, lo que también significaba del mundo.
-Podemos ir a ese asador de cocina norteña. Todavía recuerdo el sabor de ese chuletón de buey.
Desde que los dos antiguos países que conformaban la península se habían disgregado en varios estados se había hecho más complicado acceder a productos como el pescado, o carne de calidad, los años del caos fueron especialmente duros con los animales y el campo debido a las hambrunas pero ahora ellos podían permitírselo todo. Con su sueldo de Héroes y apenas tiempo para gastarlo, eran hombres ricos.
-Ya lo pensaremos- contestó Roderic antes de beberse otra botella de un trago- Ahora vamos a ver a nuestros perros falderos.
“Perros falderos” era el nombre despectivo con que los capitanes se referían a sus sargentos. Entraron en el comedor de sub-oficiales, más grande que el suyo pero peor equipado. Este estaba lleno, los distintos estandartes se sentaban cada uno en una mesa. Uno de los sargentos del estandarte de arqueros vio a los dos hombres que acababan de entrar, se puso rápidamente en pié y gritó-¡Capitanes en el comedor!- todos se pusieron en pié. A Roderic esto le encantaba.
Al acercarse a la mesa de sus hombres percibieron el nerviosismo de estos. Roderic se puso junto a sus dos subordinados y les hablo con una voz forzadamente calmada.
-muy bien, señoritas, estáis aquí comiendo después de un duro día de trabajo ¿eh?, yo me pregunto, si vosotros no os encargáis de entrenar a vuestros hombres ¿quien va a hacerlo?, ¿acaso tendré que hacerlo yo?, ¿hum?, ¿es lo que queréis?, ¿que lo haga Roderic?
-Entrenamos a los hombres capitán, lo hacemos lo mejor que podemos- El que había hablado era Teófilo, el sargento más veterano de infantería, a las ordenes directas de Roderic.
-¿en serio?-prosiguió el capitán- ¿como me explicas que hoy le haya reventado la mano a uno de nuestros hombres, por que tiene un puto vicio en el ataque? ese desgraciado ya lleva aquí un año, ¡Un año! y ¿pretendéis que me crea que no os habéis dado cuenta? Si no lo habéis hecho es que sois unos inútiles- Roderic se iba enfadando cada vez más- ¡Me pongo a entrenar con un jodido soldado, uno al azar para comprobar que su nivel sea el mínimo exigido y lo mando a enfermería después de treinta segundos! ¿Que tengo que hacer, romperles la cabeza a los doscientos tíos que están bajo vuestras órdenes y combatir yo solo dentro de unas semanas? ¡Más os vale que cuando llegue el combate de Septiembre los hombres estén listos, u os romperé la cabeza a vosotros!
El otro sargento, Daniel, levanto la cabeza del suelo -¿e...en Septiembre, capitán? -dijo con una voz entre asustado y extrañado.
-Si en Septiembre- respondió Roderic más calmado- Oídlo todos atajo de patanes, se han adelantado los combates de la ronda europea, así que ya podéis ir espabilando.
Dio media vuelta y salió del comedor de sub-oficiales. Gabriel salió tras de él
-¿No has sido un poco duro con tus chicos? todos podemos cometer errores- dijo el hercúleo compañero de Roderic mientras se tocaba la rodilla lesionada.
-Quizás...-dijo mientras apoyaba las manos en la pared y respiraba hondo- pero no podemos permitirnos ningún fallo a partir de ahora.
-te vendría bien un poco de sosiego, ¿por que no vienes luego conmigo a la capilla?, rezar un poco no hace mal a nadie.
Roderic se rió, nunca había entendido esa faceta religiosa de su compañero, un tipo enorme, de rasgos árabes, que se ganaba la vida matando a otras personas en un espectáculo circense digno de la antigua Roma, y luego era una especie de santurrón que lo que más le gustaba era pasarse el tiempo libre rezando en la capilla.
-No creo que tu Dios ni tu virgen puedan ayudarme a meter en cintura a mis hombres, Gabo.
-Como quieras, las puertas de la capilla siempre están abiertas- Si no fuese por que estaba viendo a su amigo, Roderic juraría que estaba escuchando a un cura.